Después de 12 hs ininterrumpidas de grabación – paramos un par de veces para comprar facturas y para ir a buscar un cable de guitarra a la otra punta de Bahía – el disco estaba terminado. Yeison pulsó el eject de la casetera y con tono solemne dijo:
- muchachos acá lo tienen, esto es todo lo que puedo hacer.
Diego dio un paso adelante y se hizo del TDK Ferro de 60 min. que contenía el esfuerzo, las ilusiones y el deseo de yupis de cada uno de nosotros. El anfitrión nos acompañó hasta la puerta y se despidió diciendo:
- el próximo lo hacemos en dos tandas.
Cuñataí nos fue devolviendo a nuestras casas. En la recorrida íbamos tirando nuestros comentarios:
- Buenísimo muchachos – dijo Diego
- La pifié un poco en el coro de Marilú – dijo el conductor
- La bata era una Tama, un infierno – dijo el Negro
- Me superó la tecnología – agregué
Quedamos en juntarnos al día siguiente para escuchar con un poco más de objetividad el producto logrado.
Empezamos a caer en la casa de Diego tipo 3 de la tarde, fui el primero en llegar.
La pieza estaba preparada para la audición, Diego había colocado el equipo de música en el centro de la habitación y frente a éste 4 sillas, la pava estaba en el fuego y la yerba del mate humedecida para que no se queme con la primer cebada.
Al rato de llegar el Negro sonó el timbre y ahí si estuvimos los cuatro. Antes de poner el casete Diego nos confesó que no se pudo aguantar y que ya había escuchado el disco varias veces, dicho esto pulsó play.
Esa primer escuchada fue - diría yo – espiritual, no voló una mosca, no hubo ni un comentario de lo que estaba sonando, hubieron miradas cruzadas pero eso no hace ruido, el mate se enfrió sin moverse de la bandeja.
Completado el lado B empezamos a dar nuestras opiniones que más o menos coincidían, un pifié acá una desafinada allá, faltó un piano en tal tema y cosas así, pero la sensación de conformidad inundaba el ambiente.
A continuación empezamos a buscar con que comparar y lo primero que hicimos fue poner alguna de nuestra grabaciones anteriores, la idea era ver la calidad de sonido que había logrado Yeison; el volumen, si había ruido en la cinta y cosas por el estilo. Prueba superada, el sonido comparado con nuestras grabaciones de aire era muy superior. Esto nos envantolenó y fuimos por más, así que pusimos Joe Cocker Live!, al segundo compás de “déjate el sombrero puesto” se nos planchó el copete y decidimos no vender el disco en EEUU.
Aprovechando la doble casetera del equipo, cada uno se hizo su copia y después fuimos a comprar unas carnes y unos vinos para festejar el cierre de una obra obra concluida.

